Hay oficios que nacen de la comodidad. Y hay otros que nacen de una inquietud más antigua: la necesidad de mirar donde otros apartan la vista. El periodismo pertenece a esa segunda estirpe. Desde Tafí del Valle, donde las montañas parecen custodiar los secretos del tiempo y las piedras guardan la memoria de los hombres, pienso en el periodista como en un caminante de la palabra. No siempre llega primero. No siempre llega indemne. Pero llega con una pregunta en la mano, con una libreta invisible en el alma y con esa obstinación de quien sabe que una sociedad sin verdad termina caminando a oscuras. El periodista no sólo cuenta lo que ocurre. A veces impide que el olvido gane. A veces rescata una injusticia del silencio. A veces le pone nombre a un dolor que nadie quería escuchar. A veces incomoda al poderoso, acompaña al débil, ilumina una sospecha, ordena el caos de los días y nos recuerda que la realidad no puede ser enterrada bajo el ruido, la mentira o la indiferencia. Porque informar no es repetir. Informar es comprender. No es gritar más fuerte. Es buscar más hondo. No es convertir la noticia en mercancía, sino defender la palabra como servicio público, como responsabilidad ética, como puente entre la verdad y la conciencia colectiva. Sé que también hay periodismos de ocasión, plumas alquiladas, micrófonos sometidos, titulares que hieren sin justicia y silencios que cuestan más que una mentira. Pero precisamente por eso, en este día, corresponde honrar al verdadero periodista: al que no se vende, al que no se arrodilla, al que sabe que una noticia puede ser una semilla, una advertencia o una forma de justicia. El periodista verdadero no escribe solamente para llenar una página. Escribe para que la sociedad no pierda la memoria. Pregunta para que el poder no se acostumbre al silencio. Investiga para que la mentira no se vista de verdad. Y aun cuando nadie lo aplauda, aun cuando lo persigan, aun cuando lo insulten, sigue allí, cumpliendo ese antiguo mandato de la palabra: dar testimonio. Desde este valle, donde cada amanecer parece una noticia escrita por Dios sobre el cielo, quiero saludar a los periodistas que honran su oficio con dignidad, coraje, sensibilidad y decencia. A los que saben escuchar. A los que no humillan. A los que investigan antes de condenar. A los que comprenden que detrás de cada hecho hay personas, familias, dolores, esperanzas y destinos. Porque el periodista, cuando es fiel a su vocación, no es dueño de la verdad. Es su servidor. Y servir a la verdad, en tiempos de confusión, ya es una forma silenciosa de heroísmo. Feliz Día del Periodista. Que nunca falte una voz libre. Que nunca falte una pregunta justa. Que nunca falte una pluma capaz de recordarnos que un pueblo sin periodistas honestos puede tener noticias, pero difícilmente tendrá conciencia. Porque donde la verdad calla, empieza la noche. Y donde un periodista digno escribe, todavía amanece.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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